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‘La liberazione di Ruggiero dall’isola d’Alcina’: Las visiones de la compositora Francesca Caccini

Varias ideas interesantes y algunos momentos de talento se entrecruzan en la recomposición de ‘La liberazione di Ruggiero dall’isola d’Alcina‘ que estos días se ofrece en los Teatros del Canal de Madrid. La obra es de Francesca Caccini, hija del gran Giulio, cantante y compositor pionero en la consolidación del género operístico. De manera que el ambiente y su aptitud propiciaron la inclinación de la hija hacia la música. Las crónicas hablan de su extraordinaria habilidad aunque el legado que podría demostrarlo sea escaso. Apenas se han conservado partituras de Francesca Caccini de manera que el interés que el director musical Aarón Zapico ha manifestado sobre ‘La liberazione’ tiene un principio de descubrimiento. Al menos en España, donde suena por primera vez en una producción repartida entre los Teatros del Canal y el Teatro Real, un espacio cuya próxima temporada estará plagada de música barroca, es decir de éxitos garantizados (a poco que las cosas se hagan con equilibrio). El repertorio acumula adeptos por doquier tan dispuestos a disfrutarlo que suena a tópico explicar que en la primera representación del lunes se aplaudió con alegría.

La obra de Caccini añade la curiosidad de ser la primera ópera compuesta por una mujer y una de las primeras que se representaron fuera de Italia al hilo del éxito que alcanzó en su estreno de 1625. Aarón Zapico ha explicado estos y algunos otros detalles apuntando a un primer interrogante: ¿cuánto hay de original, de verdadero, y cuánto de reconstrucción, de añadido mediante materiales ajenos, en la producción que ahora se presenta? La duda es meramente intelectual pero merece la pena saber que la partitura de ‘La liberazione’ incluye fragmentos musicales de Cavalieri, Falconieri, Monteverdi y Peri, que el propio Zapico ha moldeado en lo que se refiere a la instrumentación y a otros ajustes necesarios para la adaptación dramatúrgica.

Y el total es coherente, suficientemente variado y tan expresivamente prudente como lo pueda ser cualquier obra compuesta con habilidad y que sea fiel a los principios estilísticos demandados por el género en la Florencia de la época. ‘La liberazione’ se escucha con agrado, se disfruta lo justo y se observa con curiosidad. Es lo que permite una interpretación musical a cargo de músicos de Forma Antiqva y solistas de la Orquesta Titular del Teatro Real defendiendo un estilo dudoso e impreciso que ejecutan con una pulcritud no siempre aceptable.

Las consecuencias sobre el escenario son variadas y en general poco satisfactorias. El reparto de ‘La liberazione’ se distingue por su monotonía y falta de propiedad, tramposo con los adornos y limitado vuelo en la línea. Luego están las diferencias y a ellas se refiere la Alcina de Lidia Vinyes-Curtis con su canto directo, algo puntiagudo y congruente. Alberto Robert coloca a Ruggiero en una posición menos favorable pues con la interpretación solo ojea el texto y sus vericuetos expresivos. Vivica Genaux se consuela con una presencia escénica que obliga a imaginar una dimensión más personal y entusiasta de Melissa. De manera que un manto de escasez envuelve a la ópera de Francesca Caccini, comprimida en hora y media larga de espectáculo que transcurre a la espera de un momento musical que sea enjundiosamente poético.

Entre las descripciones de ‘La liberazione’ está aquella que apunta a un fastuoso surtido de efectos teatrales, es decir de elementos capaces de sorprender y agitar la acción mediante el engaño. Es en ese contexto en el que surge el trabajo escénico de Blanca Li, responsable de la dirección de escena, escenografía y coreografía. Esta última como parte esencial de un desarrollo volcado hacia gestualidad y que con ello proclama su condición ornamental, solo rota de forma esporádica, bien sea con objetos voladores, como el de los corazones que proclaman el amor, o con las sombras, apariciones y fantasmagorías que en ocasiones entrecruzan el escenario.

El gusto se antepone a la sustancia y eso es muy evidente en el vestuario de Juana Martín, tan sofisticado en el caso de las mujeres, y tan dirigido hacia una ‘atemporalidad’ (Blanca Li lo explica con esta palabra) que cuadra muy bien con la ópera barroca en tanto se entienda el género como cuadros cerrados. Hay calidad en el trabajo dirigido por Blanca Li (a excepción hecha de alguna desigualdad en alguna escena coreográfica), en el acabado de muchas de sus imágenes elaborado a partir de una gran seda cuyas formas sugieren espacios y en su carácter contemporáneo. Pero también es profundamente superficial, porque su narrativa se dirige a la apariencia antes que al afecto y este, se mire desde el punto de vista que se quiera, es, a la postre, el destino natural de obras como ‘La liberazione di Ruggiero dall’isola d’Alcina’.

Content Source: www.abc.es

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