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Vivaldi con migas

Siete y media de la mañana. Amanece en la Sierra de Segura, en Jaén. Una hilera de coches se encaraman por la serpenteante y estrecha carretera que conduce a una pequeña aldea, La Hueta, situada a unos mil metros de altura. Los arcenes y las explanadas se convierten en improvisados aparcamientos y sus ocupantes se dirigen hacia un prado donde se les recibe con un (imprescindible) café, y donde toman después asiento en las sillas de plástico dispuestas a modo de patio de butacas. A un pequeño estrado suben los músicos: Miriam Jordi Compañera, Valerie Colen, Marc Bonastreriu, Giovanni Battista Graznido y Philipp Lamprecht: miembros de La Petite Écurie. Suena la música: Purcell, Haendel, Dornel, Schieferdecker, Vivaldi, Keiser…, y el sol va levantándose a su compás. Responde el público con sus aplausos y también suenan tímidos cencerros de un rebaño de ovejas que se ha desperezado al son de los músicos. Concluye el concierto, y los espectadores se dirigen hacia unas mesas que se acaban de disponer y se llenan de queso, bizcochos, tostadas, tortas de aceite, y la estrella de la convocatoria gastronómica: las migas.

Ha sido el ‘Concierto del amanecer y Desayuno musical‘, una de las experiencias que ofrece el festival Música en Segura, que cumple este año su décima edición. Su creador y director, Daniel Broncano, clarinetista y actual director técnico de la Orquesta Sinfónica de Tenerife, es natural de Orcera, una de las localidades de la comarca, donde se encuentra el parque natural de Cazorla, uno de los mayores de Europa; hace una década pensó en aprovechar tanto los entornos naturales como distintos espacios para llenarlos de actividades musicales. «Se trataba de crear experiencias artísticas y crear complicidades«, explica el músico, que ha implicado en el proyecto a toda su familia, ‘sobreexplotada’ pero feliz durante los cinco días que dura el festival.


La estrella de la convocatoria gastronómica fueron las migas


Juan Antonio Partal / Música en Segura

Concierto del amanecer –el primero en agotar sus entradas nada más ponerse a la venta– es solo una de esas experiencias. El día anterior fue una excursión musical por Las Acebeas, una ruta de senderismo, con La Petite Écurie también como protagonista –«No fue fácil», reconoce una pareja que ha venido desde Tenerife para asistir al festival– y, al siguiente, un recital flamenco de Laura Marchal en la Era de Moralejas. Pero hay también conciertos en la iglesia de los Jesuitas de Segura de la Sierra, en la capilla del Castillo y los Baños Árabes de la misma localidad, en el Teatro de Orcera y, claro –estamos en una zona donde el aceite y la aceituna son fundamentales–, varios en la cooperativa de la localidad.

Allí, entre cintas transportadoras, maquinaria industrial y tejados de uralita (convertidos en un instrumentos de percusión más cuando la lluvia aparece), se ha escuchado al Janoska Ensemble, Pablo Barragán, Chico Pérez, La Ritirata y el Coro Averroes. «Es una experiencia diferencial», decía al final de su concierto, en el que funde flamenco, jazz y música de cámara, el jiennense Chico Pérez. También lo ha sido la intimidad de los Baños Árabes de Segura, a los que Sara Águeda ha devuelto, con su arpa y su voz, su perfume medieval. Segura es, precisamente, el núcleo central del festival. Una localidad a 1.200 metros de altitud que presume de ser la cuna de Jorge Manrique y ‘uno de los pueblos más bonitos de España’.

Una experiencia diferente

Esa experiencia diferente es la que viene buscando el público, procedente de distintos puntos tanto de España como de fuera. Un grupo de diez holandeses, que se hospeda en Segura, trae locos a Paco y a María Dolores, un matrimonio que durante estos cinco días no descansa para traer y llevar viajeros desde los conciertos a sus alojamientos.

Carmen viene de Bilbao, planeó el viaje con unos amigos y al final tuvo que viajar sola, pero se lo pasó tan bien que este año ha repetido, de nuevo sola. No importa, en el festival se crea un clima de compañerismo. Hay mucha gente que repite, y los nuevos se integran rápidamente: son cuatro o cinco conciertos diarios y no se pierden ni uno, al final todos forman una gran familia.

Cuando una mujer, antes de uno de los conciertos en la iglesia de los Jesuitas, encuentra en el asiento un teléfono móvil que creyó haber perdido el día anterior, se lo muestra alborozada a los demás y el auditorio, casi al unísono, prorrumpe en una aliviada ovación. «Yo lo sentía sobre todo por las fotos de mis nietos», explica.

La complicidad es una de las notas dominantes entre los asistentes al festival, que ha agotado sus entradas prácticamente en todas sus citas. Música de cámara, barroca, flamenco, jazz, danza contemporánea… Todos estos estilos tienen cabida en este festival de ‘delicatessen’ musicales, según reza su lema, y que apuesta por «la fuerza de lo rural«: su imagen, en esta décima edición, es Mozart vestido con camisa de cuadros y exhibiendo músculo.

También quiere Broncano que lo hagan los artistas locales, como el citado pianista Chico Pérez, de Jaén; la cantaora Laura Marcha, de Alcalá la Real; o el bailarín y coreógrafo Mario Bermúdez, natural de Vilches, y que ha traído a Orcera ‘El bosque’, una pieza oscura y magnética que estrenó hace dos años junto con su compañía, Marcat Dance.

Content Source: www.abc.es

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