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Henar lvarez, la chochoctora que rompi los moldes a Jordi vole: «Es de putos locos»

De la visita de Henar Álvarez a Lo de Évole nos podríamos quedar solo con las anécdotas y daría de sobra. Pero tener a Henar Álvarez cara a cara con Jordi Évole fue mucho más que solo un niño de 10 años gritando en la calle «¡viva Franco!» y provocando un ataque de cataplexia al presentador: «Me cago en la puta que le ha hecho reír antes el puto niño que yo».

Esto que podría parecer una chorrada más, incluso, que algunos creyeron antes de que se emitiera el programa que estaba preparado por el equipo de Évole, puso la nota cómica a una noche muy seria. «Esto no me tendría que hacer gracia», decía Jordi Évole mientras Henar Álvarez le sostenía a punto de sufrir una de sus famosas cataplexias.

«En el Madrid de Ayuso no te vas a encontrar a tu ex, pero si a un niño diciendo viva a Franco», remató Évole. Y a otra cosa mariposa, porque fue la única anécdota, lo único que se salió de guion de un programa en el que muchos habrán descubierta a Henar Álvarez y en el que, otros, los que ya la conocían se habrán sorprendido, especialmente por su sinceridad.

Es difícil imaginar que una influencer, que una creadora de contenidos, que una cómica, que una feminista, que una mujer con 600.000 seguidores en Instagram, que una mujer a la que le pagan «una pasta» por poner encima de la mesa lo que durante mucho tiempo era impensable poner, sufre lo que no está escrito y, sobre todo, piensa mucho lo que hace y lo que dice.

De hecho, hubo un momento durante el programa, mientras terminaban de cenar en un bar cualquiera de cualquier calle de Madrid que Jordi Évole tuvo que frenarla porque le parecía increíble que la cabeza de Henar Álvarez pensara todo lo que estaba pensando en ese momento y todo lo que piensa a todas horas del día. «Esto es como una lavadora, no para», le dijo la cómica cuando Évole le señaló el run run constante que hay en su cabeza.

Henar Álvarez no es lo habitual, no es como el resto de influencer. Ella dice palabrotas, se sienta con las piernas abiertas porque «hay una cosa que sí siento que ahora pueden hacer las mujeres que es lo excesivo», el poder mostrarse sin tener que medir cómo te muestras porque eso es lo que se ha esperado siempre de las mujeres y para eso se las ha educado. Y todo esto lo lleva al humor. Confesó Jordi Évole que nunca había hablado con ella, que no se conocían y que la primera vez que supo algo de ella fue con el monólogo de La puta de la clase.

«Fue como un proceso curativo mío», le señaló a Évole. En el portal de casa de mi madre me escribieron puta cuando era joven y yo lo que hice fue como que no había pasado. Lo veo, sé que es para mí, pero ya está. Si pienso que alguien piensa algo malo de mí me hago súper pequeña. Con la edad se me va quitando, pero hay veces que en épocas de estrés eso me sale. Y cojo eso para reírme y hacerme fuerte», confesó. «No me esperaba para nada que fueras así», le espetó Jordi Évole. «No quería darte pena, pero esas cosas me dan mucha pena». Ahora se entiende por qué acumula seguidores por doquier, por qué miles de mujeres la escuchan, por qué se ha convertido en una voz inusual del feminismo. Porque dice cosas como ésta: «Despierto el instinto animal de las mujeres a las que no dejaron sacarlo».

«Si hubiera nacido hombre sería un machirulo de puta madre». ¡Boom! Y lo dice, y parece que no lo piensa, y cuando su cabeza para un momento (si es que para), necesita explicarse, pero no corrige, argumenta: «Nadie quiere perder privilegios ni vivir peor. Discuto mucho con mis amigas por esto. El feminismo no va a hacer a los hombres una vida mejor. Claro que no. Sí tú tienes que empezar a competir con el 50% de la población con la que antes no competías y encima tienes que hacer lo que antes no hacías, no es mejor».

«Somos el único movimiento social que le dice a la parte opresora que no se preocupa que le va a ir todo bien. Es de putos locos». De putos locos, efectivamente.

«Suelta frases como puñetazos: de lucha de géneros, rabia de clase, o sexualidad femenina. Y escuchándola entiendes por qué lo está petando. Si ya te gusta, te gustará más. Si no la conoces, fliparás», escribió anoche Jordi Évole en su cuenta de X minutos antes de que comenzase el problema. El que avisa no es traidor. Henar Álvarez sorprendió, «es de putos locos», decía Jordi Évole, pero no por ella sino porque cada una de sus frases se sostenía con cientos de argumentos muy difíciles de quebrar. Y no solo del feminismo, de la lucha social, de la rabia que le da «que la gente tenga cosas que yo no tengo y gente que tiene cubierta necesidades básicas que otros no tienen, que llamemos al médico y no podamos ir en 15 o 18 días y otros que tienen un seguro, lo pagan y van».

Lo dice porque lo cree porque ahí donde vemos ahora a Henar Álvarez, ganado una pasta, ha hecho de todo. Ha descargado camiones en el polígono de Coslada, ha sido la letra de Movistar haciendo propaganda por la calle, ha trabajado mientras estudiaba porque si perdía la beca su madre no le podía seguir pagando la carrera y, ahora, le preocupa y recuerda todo aquello. Y ahora, le preocupa lo que su hijo Otto pueda pensar de ella cuando crezca: «Tengo que confesar que me da pavor». «Pues yo estoy convencido de que va a estar muy orgulloso de ti», le espetó Jordi Évole.

Porque si hay algo que identifica a Lo de Évole es que Jordi Évole aprende con cada invitado. No juzga, escucha; no debate, escucha; no interrumpe, escucha. Con Henar Álvarez fue un claro ejemplo de ello, tal vez porque no se conocían de antes o, tal vez, porque Henar Álvarez le rompió sus moldes y muchos.

«Hace falta muy poco para que a un hombre se le considere un padre increíble y, también, hace falta muy poco para que a una mujer se la considere una madre de mierda», afirmó Henar Álvarez, la cual terminó cerrando su cuenta de X por miedo, por la agresividad que vivió cuando manipularon vídeos suyos o cada vez que se emitía un podcast suyo.

«Juzgan cada uno de nuestros pasos. Que esto pasa muchísimo en Internet. De repente, sales y dónde está tu hijo. Cuando a ellos nadie les pregunta dónde está tu hijo, por qué has salido», sentenció. «Yo creo que no somos conscientes los tíos de este juicio permanente que tenéis las tías», contestó Jordi Évole. Escuchar, aprender, abrir los ojos…

Y teniendo a Henar Álvarez era imposible que no saliera a la palestra la chochoctora, la sección en la que Henar Álvarez habla de sexo, pero del sexo de las mujeres y que comenzó de casualidad, sin imaginarse la reacción que iba a llegar a tener. «La chochoctora nace porque a las mujeres nos ha arrebatado la sexualidad. ¿No te parece perverso que hayamos asumido que las mujeres fingen orgasmos? ¿No es terrible una sociedad que tengan que fingir eso?».

«Ellos no se preocupaban en absoluto y a nosotras nos costaba decir lo que nos gustaba porque corrías mucho peligro si lo decías: te convertías en la puta de la clase. Hice una sección en Dos rubias muy legales que decía que había mujeres que no les gustaba que le comiesen el coño. Y de repente tenía una ristra de comentarios que decían que no era por eso sino porque los hombres lo hacían mal. Y dije: ‘pues vamos para allá e hice una sección de como comer el coño'». Henar Álvarez, en estado puro.

Recordó Henar Álvarez cómo aprendió ella la sexualidad, con revistas como Vale, donde «un señor de 200 años escribía un texto de cómo follaban dos adolescentes». «Ahora lo pienso y me da un ‘cringe’ que te cagas«, reconocía, describiendo algunos de los consejos que se podían leer en aquella revista: «Uno era que te delipases los pelos del coño con la forma de la inicial del chico con el que estabas saliendo. Eso lo leías con 12 años. Luego había otro que era que te pintases los pezones con el mismo color de pintalabios con el que te pintabas los labios, para que cuando te quitases el sujetador, que sería ya el Joker, se viese que lo tenías pintado igual».

Para entender la labor de Henar Álvarez, para entender por qué a Évole se le rompieron los moldes, lo mejor es quedarnos con la frase que le dijo una vez su abuela: «Ahora sí que merece la pena ser mujer».

Content Source: www.elmundo.es

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