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La odisea de Miguel ngel Tobas con 11 desconocidos: «Nadie te va a lanzar una boya en medio del ocano»

El miedo no forma parte del vocabulario de Miguel Ángel Tobías, pero la palabra renacer, sí. El director y productor vasco se ha encontrado cara a cara con la muerte en tres ocasiones, todas ellas situaciones en las que todo parecía estar en su contra. En África estuvo a punto de ahogarse y se envenenó con apenas 13 días de diferencia, percances que puede explicar «racionalmente», pero no le cabe duda del milagro que supuso salir con vida de los Andes tras perderse de su grupo sin comida ni agua y a temperaturas bajo cero.

Estas experiencias casi mortales no le han quitado las ganas de vivir aventuras intrépidas. Todo lo contrario: le han hecho comprender que «estamos en esta vida para cumplir el mayor número de sueños posibles». Y es por eso que acaba de atravesar a vela el océano que separa Europa de América con 11 desconocidos para explorar la esencia del ser humano, una odisea que recoge en su nuevo documental Atlántico: Navegantes del Alma.

Fue hace dos décadas cuando Tobías decidió que quería emprender el mismo viaje que en su día realizaron los grandes exploradores españoles como Colón, Hernán Cortés y Francisco Pizarro. «Una tarde estaba navegando por las Baleares, admirando el horizonte, cuando empecé a imaginarme cómo se habrían sentido ellos durante aquellas travesías y tuve la sensación de decir: ‘Un día quiero cruzar el Atlántico'», explica el creador de Españoles en el mundo en conversación con este diario.

La idea quedaría aparcada durante 10 años, hasta que Miguel Ángel se topó con la hazaña del renombrado antropólogo marino Santiago Genovés, cuyas investigaciones sobre la dinámica social de 11 desconocidos a bordo de la balsa Acali en 1973 captaron su atención. Fue como si los astros se alinearan. «Me llegó esta historia, ya ligada a lo que era mi sueño más profundo, y lo tuve claro: quería reproducir su experimento«, afirma Tobías.

Pero habría una pequeña diferencia. En lugar de escribir un libro sobre su travesía de 101 días de Gran Canaria a Cozumel, como hizo el orensano, el productor de El Camino Interior iba a rodar un documental, lo que le permitiría «compartir esta experiencia con el mundo y hacer esta especie de estudio antropológico» en la actualidad. Porque, claro, una cosa es hacer este viaje transatlántico en los años 70 y otra es hacerlo en esta era tecnológica.

«Quería investigar cómo nos comportamos en situaciones de cansancio, agotamiento, peligro y, sobre todo, aburrimiento, porque siempre estamos conectados a la red», señala Tobías, antes de continuar: «Por eso me propuse hacer la travesía sin tecnología, para que no hubiera nada más que nosotros mismos». La tripulación se despidió durante 30 días de todo lo que les distrae la mente en su día a día: móviles, tablets, ordenadores, televisores y radios. «Ha sido como volver al pasado, cuando las relaciones humanas eran lo único que teníamos para socializar», reconoce.

«Me propuse hacer esta travesía sin tecnología porque siempre estamos conectados a la red»

Pasaron diez años desde que decidió dar el salto de fe hasta que lo dio, así que ¿por qué ahora? «Debido al trabajo que tengo, estoy muy entrenado para tomar decisiones rápidas, porque cuando ruedas documentales en zonas de conflicto no tienes mucho tiempo para planificar nada», empieza explicando Tobías. «Así que el 1 de septiembre del año pasado me levanté por la mañana y me dije: ‘En enero voy a cruzar el Atlántico en un velero y a rodar esta cinta'».

Si no fuera por el trasfondo de esta historia, alguien habría dicho que fue una decisión impulsiva, pues sólo contaba con tres meses para «organizar la expedición, localizar un barco que pudiera hacer esa travesía y convocar a los 11 navegantes». Esto último fue más fácil de lo que pensaba.

«No hice ningún casting ni nada», aclara Miguel Ángel durante la conversación telefónica. No se trataba de elegir un número determinado de mujeres u hombres, ni de una edad concreta. El método para seleccionar a sus acompañantes fue sencillo: «El mismo día que decidí embarcarme en ese viaje decidí también que cada persona que conociera en estos meses y que, al hablar con ella, sintiera que tenía que estar en el barco, se lo dijera». Lo sorprendente es que las 11 personas que subieron al barco «no eran 11 de 100, sino que eran las primeras y únicas 11 personas» a las que se lo dijo, que no se conocían entre sí y con edades comprendidas entre los 17 y los 80 años.

¿Confiaron en la idea o se lanzaron al vacío todos?
Todos saltaron al agua porque ninguno de ellos había navegado antes.
Tú tampoco lo habías hecho…
Yo tampoco. Imagínate. Crees que has navegado yendo de cala en cala en Mallorca, pero ahora que has atravesado el Atlántico, entiendes que eso no es nada, es turistear encima de un barco. Ahora podemos decir que sí sabemos navegar.

El velero zarpó de un puerto no identificado de Lanzarote antes de bajar por el continente africano hasta Cabo Verde y desde allí navegar en alta mar hasta Martinica. 3.100 millas náuticas sin posibilidad de rescate, salvo en las primeras y las últimas 300, separaban al grupo de la meta. «Cuando te das cuenta de la magnitud de lo que estás haciendo es como un jarro de agua fría. Si sucede algo ahí fuera, en medio del océano, nadie te va a ayudar, ningún país, ningún gobierno… Nadie te va a lanzar una boya», lamenta Tobías.

La sensación de riesgo a bordo era permanente. «De entrada, las propias sensaciones y emociones sobre lo que te está pasando te colocan en un estado de intranquilidad», explica el director. Y cuando a eso le añades el hecho de moverte por un barco con capacidad para seis personas, la posibilidad de un accidente mortal se dispara.

«El velero está lleno de trampas para cabezas, brazos y pies. La más obvia sería las maniobras de las velas, pero incluso cuando estás tumbado en la cubierta, estás en constante riesgo de caerte al agua», continúa. Por suerte, durante los 30 días de travesía sólo hubo un susto grave, que fue captado por la cámara: «Gracias a Dios quedó en nada, sólo se le desfiguró la cara y se le arreglará en unos meses. Ahora tengo que decidir si incluyo las imágenes o no, ya que son bastante impactantes. Imagínate, un barco encharcado de sangre que sale de su cabeza…».

«Hubo un accidente casi mortal… Gracias a Dios quedó en nada, lo que significa que se le desfiguró la cara al tripulante»

Porque este documental -cuyo estreno está previsto para finales de año- va más allá de la superficie. «Buscamos demostrar que los viajes más significativos son aquellos que emprendemos hacia nuestro interior«, reflexiona Tobías. «Lo que hemos vivido ha sido tan duro, y a la vez tan mágico, que ninguno de los que nos fuimos hemos vuelto siendo los mismos», apostilla.

Lo más sorprendente de todo es que no hubo ni un solo roce entre el grupo durante toda la travesía. «Todo empieza como un ejercicio de amabilidad, pero luego el cansancio y el mareo se acumulan y te preguntas cuánto durará la felicidad», explica Tobias. «Cada mañana me levantaba preguntándome: ‘¿Será hoy el día en que alguien explote? Pero nunca ocurrió y este compañerismo se traduce perfectamente al espectador».

Y es de esta parte del proyecto de la que el documentalista se siente más orgulloso. «Siempre he estado en contra de separar a la gente en grupos, sobre todo por edades, así que era muy importante poder demostrar que el concepto de generaciones no existe, que todos podemos entendernos, que los sentimientos y las emociones son los mismos a los 20 que a los 70», concluye el vasco. «La edad no es un marcador que determine la experiencia, porque esta insignia nos la hemos ganado todos juntos».

Content Source: www.elmundo.es

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